Archivos Mensuales: octubre 2011

Buffalo 66, mamellas generosas y botines rojos de tacón

Partimos mal, muy mal, sr. Vincent Gallo, si usted es quien nos ha robado con descaro y muy probablemente métodos deshonestos a Chloë Sevigny (Chelo para los amigos muy cercanos). Y no contento, además, con apretarse a esta semidiosa rubia, va y nos muestra una buena fellatio con ella para quemarnos del todo al personal, como si no tuviéramos ya bastante (todavía, aviso, no he visto las imágenes de The Brown Bunny; este odio conceptual podría ir a más). Por tanto, sr. Gallo, si usted me ofende a mí de este modo tan descarado, yo creo estar en mi pleno derecho de darle hasta en el cielo de la boca con su Buffalo 66. No lo haré, porque soy un caballero, ya lo saben todos en el club. Me pondré a ello. Uno se debe a su oficio (y Valiente Mierda! es un lugar respetable).

Comienzo con lo poco realmente bueno de su film, las protuberancias de la Ricci y esas finas telas azules que apenas dejan nada a la imaginación (uno siempre fue un devoto de las tallas grandes de pecho). No sigo por ahí, porque al final justifico a un tipo odioso como usted (y tan solo tenemos en común que ambos amamos las cosas grandes y a nuestra Chelo). Bien por Ricci, decía, por su inocencia tontuna de amor lastimero (a éste, supongo, sólo se le puede querer por lástima; y, claro, pienso en ti, Chelo) y por una interpretación decente para un papel, en principio, bastante pobre.

Paso al lado masculino, “Gallo personaje”, es él, creo, con más ganas de mear, más pelma y más hortera. Aunque, quién sabe si esos botines rojos de tacón estaban de moda en el Soho neoyorquino de aquélla (es un tipo a la moda, ya se sabe, ay). Hoy no te libra ni tu padre. Perdón… A lo que iba, Buffalo 66. Bien por la fotografía, ese indie luminoso de colores pastel que parece repetirse sin descanso en miles de blogs y facebooks de medio mundo. Si encima, amigo, eres parte de un problema planetario, no tienes perdón. La historia, uff, un hijo atontado y unos padres pasotas a los que les mola más el fútbol americano que su descendencia (no me extraña, claro), que si perdido, que si amigos lentos (con lo de Chelo debió quedarse solo), que si la culpa es de otros, que si alguien le quiere… Vamos, resumiendo, que si me lo encuentro, le hincho a hostias.

J.M. Vertido

Vincent Gallo, primer round

De Vincent Gallo (en los 90,s) nos gustaba hasta cómo lucía su nombre en los cochambrosos títulos de crédito de las películas indies. Vistas todas, entendímos el mensaje. Debía de ser alguien famoso ese V.G. En casi todas salía. Sus muecas angulosas no paraban de sugerirnos: “Soy alguien, vosotros no. Creed“.

Por más que aquellas películas estaban bien, eran chulas, ninguna permaneció, como es sabido, por mucho tiempo en nuestro archivo. Ninguno de sus afiches bonitos cuelga hoy de las paredes de nuestra memoria. A resultas, nos dio por olvidarnos un poco de él, del indie, de los dichosos noventa.

Cre(ed)címos.

Con la llegada de internet, descubrimos (a 56kb/ps) que V.G era anterior al hombre. Que cuando nosotros íbamos con manguitos a la playa, él ya andaba de putos con Basquiat (et al). Que vivía, desde siempre, en los márgenes de una novela que fascina.

Supímos también de sus anhelos por ser artista. Que se fue pintando por las aceras de Europa, en busca de un reconocimiento verdadero. Supímos, aliviados, de su sicalíptico fracaso.

En 1998, ya regresado, debió vender todos sus pinceles en el Village para financiar su primera película dirigida por. Buffalo 66, se llamó aquello.

Entre bostezos, recordamos hoy la interminable secuencia de apertura, donde su personaje corretea (con la mano en la bragueta) en busca de un baño. Recordamos a Cristina Ricci, ajena a la dieta mediterránea, bailar una canción de King Crimson en una bolera de carretera. A Angelica Houston haciendo admirablemente de Angelica Houston y al pobre Ben Gazzara, dignificando todo ese dispendio en celuloide con su mera presencia.

Poco más.

Tan solo con el cartel de su segundo largo, The Brown Bunny, presentimos una humillación que sería global e indiscriminada. Reventaría, aquel film, como una bomba orsini  en nuestra maltrecha autoestima masculina.

Por revistas especializadas de cotilleos, nos habíamos enterado de que Clhöe Sevigny venía amándole. En alguna polaroid costosa, les veíamos. Será la edad, pensábamos. Será el abuso de las drogas. Será Nueva York, joder, pensábamos.

Gracias a aquel puto conejo, en 2003, aprendimos que no sólo se trataba de unas palabritas mal traducidas al papel tisúe. Nuestra Clhöe, definitivamente, le amaba hasta el final.  Peor, era amor del bueno.

Presenciar aquella fellatio verité, constituyó demasiado para nuestras hipersensibles almas. Nos rompieron el corazón, aquellos dos, con sus jueguecitos de hipsters.

“The brown bunny debería exhibirse en los museos” Sostuvo ella, sonriente.

Nos dejaron perplejos.

Cosmo Vitelli