Ellis o el estilo como enfermedad

La crítica, por mucho que lo pretenda, no puede ser imparcial, aséptica o hecha con miradas neutras. Valientemierda! es por ello plenamente coherente. Permite posicionarse y dejar atrás esa utopía sin sentido demasiado extendida, la de hablar de algo (o alguien) como si no fuera en absoluto personal, como si en esa opinión sobre tal o cual libro o película no nos jugásemos la vida (de hecho, nos la jugamos a menudo con mucho menos).

Bret Easton Ellis era un escritor intuitivo y sin barba que afeitar cuando publicó Menos que cero, el debut de un autor que volvía a defender eso tan arriesgado y olvidado, un estilo propio. Aunque Ellis tenía algunos aciertos evidentes como narrador (la velocidad como argumento, descripciones de neón…), también poseía errores de peso. Pero con todo, Ellis logró eso tan difícil, mostrar un yo adolescente falsamente desnudo y hecho jirones como si nada, en una aparente frialdad que esconde más calor que el propio Infierno. Una desnudez que se imprime en fogonazos MTV (cuando la MTV era el principio y fin de la existencia, hoy da risa), drogas a doquier y superficialidad líquida, en vidas que se delimitan entre ir a comprar a alguna tienda cara y un próximo ligue al que bajarle las bragas. Y eso, no lo olviden, mentes pacatas, es la vida (o el sueño de vida) de un adolescente medio occidental.

Me identifico con Ellis, con la persecución enferma de estilo (“El estilo es el hombre”, decía Lacan), con esa mirada impecable de coche de carreras y chicas de toda clase y condición. Muerte y vida. Jugadas a todo y nada y una sensación indescriptible de que la vida se va fácilmente entre los dedos, por lo que es mejor apurarla, beberla aunque la garganta quede ardiendo toda una amarga eternidad. Menos que cero, lo sabrán,  se convirtió en un gran éxito y su autor en una especie de joven en plena caída libre. Pero el talento afortunadamente permaneció, y sus siguientes obras mantuvieron ese salvajismo natural que en sus manos comenzó a dirigirse a las clases altas, a todos esos chicos y chicas que follaban como condenados tras un par de tiros de cocaína en el cuarto de invitados y rodeados de abrigos de piel. La decadencia de occidente. Los repulsivos hijos del bienestar. Nada de conciencia o crítica social, individualismo extremo y soledad absoluta. Ese era el triste resultado de años y años de progreso. Y Ellis, simplemente, su fiel narrador. Eso sí, con un estilo personalísimo.

J.M. Vertido 

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