Bret Easton Ellis™

En ValienteMierda! otra cosa igual no, pero nos esforzamos en entender todas nuestras fobias. Racionalizarlas, a pleno sol. Con el de la foto nos hemos dejado un pulmón en tabaco y el exiguo sueldo en el loquero. De ahí que nos hayamos retrasado unos días, en escupiros nuestras 400 palabritas semanales. Las conclusiones han sido de traca. Es algo personal, este odio. Que viene sucediéndonos igual con todos los escritores de Norteamérica de finales del siglo XX. Que todos nos gustan. Que todos nos resultan igualmente repulsivos. Nuestra envidia, dice el doctor, se eleva a la enésima potencia.

Ellis, 1985. Simon & Schuster (bien valen para un bufete, estos dos, que para una editorial) deciden publicar la obra que hoy proponemos aquí, Menos que Cero. Primera Novela, 1985. 21 años. Conclusión: Vete a tomar por culo, Bret.

Excelente en sus diálogos, nos descubre las puertas doradas de la modernidad. Los Angeles (California) en llamas. Quiere hacernos entrar a cabezazos en una fiesta infranqueable. Vernos vomitar todo ese alcohol de marca.

Aunque ya otros habían puesto a circular grandes dosis de dolor, sexo y cocaína en negro sobre blanco, no fue hasta Bret Easton Ellis™ que realmente se nos hicieron presentes. Viendo las cifras de ventas, nos dimos cuenta de que se puede vivir, y muy bien, de contar las veces que fuiste al baño a hacer Dios sabe qué, la noche pasada. Se puede tener hasta un yate, joder, si sabes controlar, con humor y dinamita, tus visibles resacas.

La literatura de la mala vida, nada le descubre en realidad, a uno que duerma en las afueras de la biblioteca. A nosotros, aún sin novia, nos atrapó con su fuego fatuo. En buena parte porque, aunque suene idiota, el sexo parece más sexo en otro idioma y la droga más pura nos hace más daño si la nariz que la inhala es la del otro.

Este complejo de inferioridad, tan irlandés, nos lleva a odiar sin motivo la obra de Ellis, sus apariciones públicas y, sobre todo, las dignas adaptaciones cinematográficas de sus libros. Detestamos su lacerante visión del presente, sus inconmensurables muestras de talento narrativo, su humor negro, su estupenda carrera literaria. Hasta su entrada en la wikipedia, convendréis conmigo, es de un cool que apesta. A éxito.

También odiamos hoy, es viernes, a los autores que llevan años escribiendo, como si les fuera la vida en ello, sobre sus primeras rallas en un bar de Malasaña (Madrid, España). Siempre con el mismo disco de los Stooges sonando en la rockola. Nos importan una puta mierda, amigos, vuestros simpáticos camellos. Easton es una Marca Registrada. Lo demás, no cuela.

Cosmo Vitelli

Ellis o el estilo como enfermedad

La crítica, por mucho que lo pretenda, no puede ser imparcial, aséptica o hecha con miradas neutras. Valientemierda! es por ello plenamente coherente. Permite posicionarse y dejar atrás esa utopía sin sentido demasiado extendida, la de hablar de algo (o alguien) como si no fuera en absoluto personal, como si en esa opinión sobre tal o cual libro o película no nos jugásemos la vida (de hecho, nos la jugamos a menudo con mucho menos).

Bret Easton Ellis era un escritor intuitivo y sin barba que afeitar cuando publicó Menos que cero, el debut de un autor que volvía a defender eso tan arriesgado y olvidado, un estilo propio. Aunque Ellis tenía algunos aciertos evidentes como narrador (la velocidad como argumento, descripciones de neón…), también poseía errores de peso. Pero con todo, Ellis logró eso tan difícil, mostrar un yo adolescente falsamente desnudo y hecho jirones como si nada, en una aparente frialdad que esconde más calor que el propio Infierno. Una desnudez que se imprime en fogonazos MTV (cuando la MTV era el principio y fin de la existencia, hoy da risa), drogas a doquier y superficialidad líquida, en vidas que se delimitan entre ir a comprar a alguna tienda cara y un próximo ligue al que bajarle las bragas. Y eso, no lo olviden, mentes pacatas, es la vida (o el sueño de vida) de un adolescente medio occidental.

Me identifico con Ellis, con la persecución enferma de estilo (“El estilo es el hombre”, decía Lacan), con esa mirada impecable de coche de carreras y chicas de toda clase y condición. Muerte y vida. Jugadas a todo y nada y una sensación indescriptible de que la vida se va fácilmente entre los dedos, por lo que es mejor apurarla, beberla aunque la garganta quede ardiendo toda una amarga eternidad. Menos que cero, lo sabrán,  se convirtió en un gran éxito y su autor en una especie de joven en plena caída libre. Pero el talento afortunadamente permaneció, y sus siguientes obras mantuvieron ese salvajismo natural que en sus manos comenzó a dirigirse a las clases altas, a todos esos chicos y chicas que follaban como condenados tras un par de tiros de cocaína en el cuarto de invitados y rodeados de abrigos de piel. La decadencia de occidente. Los repulsivos hijos del bienestar. Nada de conciencia o crítica social, individualismo extremo y soledad absoluta. Ese era el triste resultado de años y años de progreso. Y Ellis, simplemente, su fiel narrador. Eso sí, con un estilo personalísimo.

J.M. Vertido